martes, 20 de octubre de 2020

Mandrágoras




 Cantan los juglares que viajan entre poblados y reinos que los hechos que estoy a punto de narrar sucediéronse entre los años 1552 y 1565 de Nuestro Señor.

 Cantan la tragedia de Adriano Antoniolli, hombre de poca alcurnia que trabajaba la tierra de un señor en una zona rural de Toscana y que vivía junto a una mujer de la que sólo conservase su nombre primero y el cual era Aryana.  Que junto a esta mujer convivían sin sacramento y al ser llamado a formar filas bajo la reciente administración española a la que fidelidad la región le rendía, entre lágrimas partió dejando a su mujer con seis lunas de gravidez.

 Volvió a su tierra Adriano luego de dos años, habiendo sido dado de baja debido a una desgracia ocurrida durante el servicio por la cual perdió su mano izquierda. Cuando regresó a su pueblo encontró su casa saqueada hasta las piedras de su estructura.

 Demoró días en conocer el destino de su Aryana y su hijo, a quien habiendo la mujer soñado que varón nacería, fue su decisión bautizarlo Lorenzo en honor al padre de su padre. A quien preguntara parecía incomodar darle respuesta. Obtúvola de la voz de dos mendigos, quienes dijéronle que habiendo muerto el niño en el parto y la madre a las pocas horas del mismo, y al no haber llegado su hijo a ser bautizado y al haber su madre haber vivido en pecado y sin derecho a comunión, la Iglesia no permitió darles cristianas sepulturas. El pequeño cadáver fue incinerado y esparcido en las cercanías del bosque donde fue abandonado el cuerpo de su madre.

 Por más que buscó Adriano no logro dar con la sepultura donde descansaran ambos, un regalo divino que hubiese aliviado en parte su corazón. Al no poder conseguir ninguna otra reliquia, colocó tierra del bosque en una pequeña bolsa de tela que luego ató a su cuello. Pobre, desdichado, inválido y con una tristeza que rebalsaba de su alma, convirtiose en un vagabundo entregado al pecado de Baco y con el correr de los meses su errante andar lo llevó a las puertas de la abadía de La Verna. Las canciones discuten si ingresó al mismo con un deseo profundo de venganza en su corazón o si por el contrario lo impulsó un sincero sentimiento de culpa e intención de redimir sus pecados.

 Fue recibido en el convento sin demasiadas preguntas por parte del Abad, a quien los juglares bautizan en cada interpretación con un nombre diferente por una tradición que nadie recuerda cómo comenzó. 

 A fuerza de trabajo duro, sobriedad y generosidad demostró poder llevar a cabo con soltura las tareas más arduas pesar de su invalidez. Debido a su buena predisposición ganose la confianza de casi todos los franciscanos. La excepción era el monje al que todos en el convento a sus espaldas llamaban Suga, ya que parecía una sanguijuela siempre pegada a la espalda del Abad. Una criatura repugnante cuya intención era siempre su propio beneficio.

 Los meses transcurrieron y las responsabilidades asignadas a Adriano crecían. Sin embargo, parecía que el tiempo sólo agregaba peso en su agotado corazón. Cada noche agotaba las reservas de lágrimas de sus ojos hasta caer dormido en su celda.

 Ansiaba hallar la calma de su espíritu, y la buscaba concentrándose en las lecciones de lectura y escritura que el anciano encargado de la biblioteca, llamado Alonzo Bontadini, gustoso comenzó a impartirle al notar que poseía una belleza superlativa en su caligrafía. El bibliotecario díjole que todas las noches agradecía al Señor por haberle conservado su mano diestra. El monje en poco tiempo logró comprender perfectamente el latín. En secreto, el anciano también instruyole en la lectura y escritura de otras lenguas menores, como el italiano, el francés, el español y el alemán.

 Leyó cuanto manuscrito le fue permitido y en cuanto presentose la oportunidad, también comenzó a leer los que le eran vetados. Estos eran libros confiscados a los condenados por ser ofensivos contra la Santa Iglesia Católica. Entre ellos encontrábanse tratados de astrología, medicina y alquimia. Fue esta última disciplina la que enraizose en el corazón del Adriano Antoniolli.

 Leyó tratados de Abú Musa al-Sufí, que a su vez citaban los sacrilegios que Ko Hung realizaba en la China. Fascináronle los descubrimientos de Nicolas Flamel y la aguda inteligencia de Paracelso.

 Comenzó a aprovechar cualquier descuido del anciano Alonzo, quien cada día encontrábase más sordo y despertábase con mayor dificultad. Cuando escribía copias de los Sagrados Evangelios para otros monasterios solía llevar con él alguno de los libros de su interés para aprovechar el momento y leerlos apenas escuchara al anciano roncar. Las lagunas de llanto de las noches secáronse con el tiempo y fueron rebalsadas por los nuevos conocimientos.

 

 Quiso su suerte que la Providencia llamara al poco tiempo a su lado a Alonzo Bontadini. El Abad lo asignó a cargo de la biblioteca al haberse con su llegada duplicado la cantidad de copias de los Sagrados Evangelios generadas por el monasterio. Esto diole tiempo de sobra para seguir leyendo a sus anchas y en el cuarto cerrado de los libros prohibidos, un lugar para realizar sus experimentos. Hubiese conseguido la piedra filosofal de habérselo propuesto pero sus intereses otros eran.

 Conocía perfectamente la primera ley de la alquimia. La ley del intercambio equivalente que dictaba que el hombre no puede obtener nada sin primero dar algo a cambio. Para crear, algo de igual valor debe darse a cambio. Él había perdido todas sus pertenencias, su familia y su mano izquierda. Si Nuestro Señor no le había recompensado con la paz que incasablemente buscaba, le reclamaría a la naturaleza un resarcimiento. Perdería su alma por poder conocer a su hijo.

 Habíase obsesionado con los tratados acerca de los homúnculos, criaturas artificiales creadas a través de la magia y carentes de alma que servían ciegamente a sus amos pero que indefectiblemente en algún momento se volvían contra ellos. Sabía Adriano que a partir de estos podría lograr lo que buscaba.

 Experimentó muchos fracasos con las recetas de los escritos prohibidos, consistentes en mezclas de carbón, mercurio, cabellos humanos, huevos, semen, líquido amniótico y cuanta variación posible tuvo a su alcance hacer. Decidió retomar unos confusos pergaminos que había abandonado, escritos por un extraño alquimista llamado Parthiomes, que trataba principalmente sobre la conciencia de las plantas.

 Siguió al pie de la letra el método de extracción de la mandrágora de la tierra, sirviéndose de la ayuda de un perro del color del carbón a las maitines del Viernes Santo. Ató un extremo de la cuerda de su hábito al collar del perro el otro al tallo de la planta. Como decía el libro, la raíz presentaba una forma casi humana, gritaba y retorcíase cuando se la extraía. Llevola escondida entre sus ropas hasta su claustro y allí alimentola con una mezcla de miel, leche, unas gotas de su sangre y la mitad de la bolsa de tierra del bosque donde habían esparcido las cenizas de su hijo. La otra mitad depositóla en el suelo, dibujando con ella símbolos alquímicos de los elementos. Allí apoyó a la mandrágora que hallábase ahora en silencio e inmóvil. Abandonó el claustro y dirigiose a realizar las labores del día que comenzaba.

 Al finalizar sus tareas, relativas al ayuno y al rezo correspondientes a la fecha de la pasión y muerte de Nuestro Señor, Adriano dirigiose apresurado a su claustro. Encontrose en él a un niño desnudo de unos dos años en apariencia que jugaba con lo que parecían ser cáscaras de cebolla. Había surgido de la mandrágora como una mariposa surge de su capullo. El niño volteose y corrió a abrazarlo sonriendo diciéndole “hola papá, soy Lorenzo Antoniolli”. Adriano arrodillose ante él y entre lágrimas besó todo su rostro. Sus ojos eran el reflejo de los de Aryana.

 Lorenzo creció fuerte y sano en el convento. No pudo Adriano mantenerlo oculto por mucho tiempo y llevándolo ante su presencia, mintiole al Abad diciéndole que había encontrado al niño abandonado en las puertas del convento pidiendo comida y refugio. Prometió guiarlo en la senda de la caridad cristiana, hacerlo trabajar duro apenas alcanzara edad suficiente, compartir su claustro y su comida con él y responsabilizarse de cualquier problema que pudiera ocasionar en el convento. A pesar de que Suga declarara a viva voz su negativa, el Abad aceptó permitir al niño en el convento conservando sin embargo cierta renuencia. El monje hizo prometer al niño que no contaría a nadie sobre su origen ni la relación entre ambos. Este aceptó sin reparos.

 A pesar de su nacimiento poco ortodoxo, el niño demostraba poseer la gracia de Dios a diferencia de las aberraciones sin voluntad propia creadas por los alquimistas. Si bien era antinaturalmente inteligente para su edad y aprendió a leer y escribir en una sola lección, era alegre y curioso. Encontrábase particularmente interesado en los insectos. Su padre siempre encontraba alguno guardado en el único bolsillo de sus ropas cuando lo cambiaba para intentar lograrlo dormir, tarea muchas veces dificultosa. Hacía preguntas sobre el paradero de su madre, de la cual sabía su nombre y describía físicamente a la perfección. Adriano guardaba silencio a su lado, sosteniendo con toda su voluntad la angustia que se acumulaba en su corazón. Estaba seguro de haber arrancado a su hijo de los brazos de su madre, quien encontrábase en el Reino de los Cielos, ya que el niño describíala rodeada de paz, canto de aves y frondosos árboles.

 Cinco años transcurrieron con relativa calma. Lorenzo repartía sus días trabajando en la limpieza del convento, ayudando a su padre en la biblioteca y recorriendo el bosque lindante abandonándose en juegos solitarios.

 Fue en uno de estos recorridos sobre la hora nona cuando vio transitar por el sinuoso camino de piedra una caravana de caballos y carruajes. Corrió a dar aviso a los monjes, quienes lo acompañaron a observar y dijéronle que tratábase de Fernando de Valdés, Arzobispo de Sevilla, un hombre que ostentaba una larga trayectoria de inquisidor implacable. Cuando este entró por las puertas de la muralla de la abadía acompañado de su séquito, su grave mirada y rostro enjuto congelaron el pequeño corazón de Lorenzo, quien escondiose detrás del hábito de su padre. Llamó su atención una carroza que, por la fuerza que ejercían los caballos, adivinábase pesada y encontrábase cubierta por una gruesa lona.

 Toda la abadía estaba alborotada por la presencia de la jerarquía inmediata a la que respondían.

El Arzobispo dio bendición el recinto y fue acompañado al cuarto de las visitas importantes por el Abad siempre y su mascota Suga.

 Por la noche, Fernando de Valdés bendijo la cena y dirigiéndose a los monjes expresó disculpas por personarse sin el debido aviso, que el ejercicio del Santo Oficio había obligado a él a su comitiva a detenerse a mitad de camino de su viaje con destino a Roma.

 Adriano no escuchaba y miraba disimuladamente escudriñando cada rincón. Encontrábase nervioso. No veía a Lorenzo por ningún lado. Excusose de la mesa diciendo ir a prestar ayuda en la cocina, pero escabullose y recorrió todos los claustros. Salió al patio principal y escuchó el agudo sonido de la risa del niño. Vió los pequeños pies descalzos de Lorenzo asomarse por debajo de la lona del pesado carruaje. Allí dirigiose y levantó la lona.

 El carruaje sobre sí llevaba una enorme jaula de hierro y dentro de ella encontrábase una mujer sucia y harapienta que con los brazos saliendo de entre los barrotes abrazaba al niño. Adriano tomo a Lorenzo por la muñeca con intención de apartarlo, pero al mirar los ojos de la mujer paralizose. Esos ojos eran los de Lorenzo, y esa mujer era la suya. Uniose en el abrazo a ellos.

 Su razón gritaba “no comprendo”. Su corazón respondía “yo si”. Y permanecieron así largo tiempo.

 Hablaron de sus vidas desde que se separaron. Aryana contóle que dejáronla por muerta en el bosque, pero estando a punto de abandonar este mundo fue encontrada por una anciana. Fue llevada a un refugio y las mujeres del bosque sanáronla con sus hierbas mágicas. Que luego de su convalecencia, estas mujeres enseñáronle sus artes y que había logrado perfeccionarse en las mismas. Que desde que se separaron lloró el haber perdido a Adriano, pero que durante dos años no extrañó la compañía que en su vientre le daba Lorenzo, ya que habitaba cada paisaje que recorría como un espíritu en el bosque y que podían verse, abrazarse, hablar y besarse durante sus sueños. Pero que en un momento dado dejó de percibir su presencia y dejó de encontrarlo en el reino de Morfeo. Que llevaba años junto a las demás mujeres del bosque, a quienes llamaba hermanas, formando rondas nocturnas alrededor del fuego de la leña del abedul las noches de Luna llena para dar con el paradero del espíritu de su hijo. Que poco a poco habían logrado acercarse hasta un bosque cercano por las indicaciones que les daba la Luna, pero que en la última ronda los soldados de la Inquisición las atacaron de improvisto. Al ser ella responsable de la presencia de sus hermanas esa noche, utilizó un fuerte conjuro arriesgando su propia vida para protegerlas y convertirlas en invisibles a los ojos de sus cazadores y que entregose ella misma sin poner resistencia.

 Adriano comprendió al fin de dónde venían los conocimientos inexplicables de su hijo. El niño realmente había conocido y acompañado a su madre durante el tiempo que no estuvo junto a él. Contó todas sus vivencias a Aryana que lo miraba dulcemente. Cuando concluyó, la mujer tomó su brazo izquierdo y sobre el muñón formó una bola con el barro pegado a los barrotes de su prisión. Lo apretó con sus manos y Adriano sintió un calor intenso saliendo del mismo. Enfriose luego y rascando la tierra seca de la superficie, Aryana descubrió un puño cerrado ante el asombro de Adriano y de Lorenzo. El monje movió los dedos con facilidad y la risa brotó de sus labios. Besó los labios de Aryana lastimándose las mejillas con el frío hierro de la jaula. Prometiole que iban a buscar la forma de abrir la jaula junto con Lorenzo, que volverían y huirían de la abadía juntos.

 Sus planes viéronse interrumpidos por la grave voz del Arzobispo, quien daba orden a sus soldados de arrestar a la familia.

 Fue el monje Suga quien los delató. Este había seguido a Adriano sospechando de las intenciones que pudiese tener al abandonar el comedor. Escondiose entre las sombras y escuchó las conversaciones entre Aryana y Adriano. Su negro corazón encogiose por el temor de Dios al escuchar los sacrilegios de los amantes a la vez que regocijábase por obtener al fin una forma de librarse de Adriano y Lorenzo. Regresó así presuroso al comedor y realizó la acusación de rodillas y a los gritos ante todos los presentes. Luego de escuchar con atención al monje, el inquisidor ordenó a los presentes que no se movieran. Que junto a su séquito encargaríanse del asunto. Acercóse a la carreta en silencio con la intención de apresar a Adriano y al Lorenzo para interrogarlos. Pero al ver el muñón del manco convertirse una mano por medio de un impío sortilegio, santiguose y concluyó que no hacía falta ninguna confesión ante semejante evidencia.

 

 Esa noche, el monje y niño compartieron los barrotes de la carreta junto a la mujer. La lona que los cubría fue por Suga retirada entre sonrisas. La noche fría observábalos con lágrimas de nubes que empañaban su único y luminoso ojo blanco. Aryana cantábale a Lorenzo canciones en la lengua de los bosques. Cantábale una canción de cuna que parecía antigua, como inventada por Eva para cantarle a sus hijos gemelos en los albores del tiempo. Logró menguar de a poco su llanto y en poco tiempo cayó rendido por el sueño. Adriano abrazó desnudo a ambos y con su hábito despedazado improvisó una manta con la que todos acobijáronse. Oíanse a pocos pasos de distancia los golpes de las hachas y los gruñidos de las sierras.

 La mañana se personó más fría que la noche. Hacia ellos dirigiose un soldado de buen corazón que pesaba enormemente dentro de su pecho, y abrió el candado de la jaula. Colocóles grilletes a los tres en tobillos y muñecas implorándoles su perdón. Díjoles que había intervenido por el niño tres veces, pero que la amenaza del Arzobispo de preparar una cuarta hoguera lo acobardó. Que habiendo preparado la leña para las mismas intentó colocar hojarasca y leños húmedos para que tuviesen la piadosa muerte de la asfixia. Pero el inquisidor lo evitó diciendo que una muerte lenta y dolorosa mediante la llama más pequeña posible era la única posibilidad que le quedaría en la Tierra a las almas de los dos padres (ya que al niño ni humano lo consideraba) para expiar sus culpas ante los ojos del Señor y evitar así las llamas del Inframundo. Díjoles, conteniendo sus lágrimas y evitando sus miradas, que debían de disculparle una vez más su cobardía ya que no iba a ser capaz de presenciar sus muertes y que aprovecharía la distracción durante las mismas, huiría del convento y desertaría. Que su nombre era Roland Huber, suizo de nacimiento y mercenario de oficio. Que en los años que estuvo al servicio de Su Santidad había visto muchas muertes injustas y que sentíase responsable por demasiadas.

 Aryana sonriole con dulzura. Levantó pesadamente sus manos unidas por el hierro para tomar entre ellas sus mejillas y besarle la frente. Díjole que bien hacía en no ver el desagradable espectáculo, que su espíritu era noble y que estaba perdonado. El soldado rompió en un angustioso llanto que lo acompaño todo el trayecto que recorrió junto a la familia hacia sus destinos.

 Recibiéronlos miradas de desprecio y de odio. Adriano, llevando en cada mano las de su mujer y su hijo, observó cómo algunos monjes a que consideraba amigos contenían la risa por su desdicha.

 Frente a los tres troncos verticales de ciprés que nacían de las pilas de leña hallábanse el Abad, el Arzobispo y Suga. El primero, dirigiéndose a Adriano, recriminole haber abusado de su confianza y expresole su decepción diciéndole que hacía años que pensaba que sería su sucesor. Una mirada de odio fulminante hacia Adriano relampagueó en los ojos de Suga.

 Por su parte el Arzobispo de Valdés limitose a pronunciar las palabras latinas referentes a la extremaunción a cada uno de los condenados, para luego ordenar al soldado Roland que les quitara las cadenas. Cuando tocó el turno de Adriano, este sonriole y susurrole al oído “dichoso me siento por haber conocido en mi última hora a un amigo sincero, no tienes deudas con nosotros y puedes ahora marcharte en paz”.

 Tres soldados lleváronlos hacia los postes. Sorprendioles la entereza que presentaba el niño, que solo miraba a sus padres con amor. Atáronles fuertemente las muñecas con sogas por detrás de los troncos. El Arzobizpo, el Abad y Suga fueron los encargados de prender las antorchas para luego arrojarlas de a una entre a las pilas de maderos. Las primeras dos comenzaron a arder lentemante.

 Aryana había comenzado a recitar frases en un idioma desconocido para los presentes quienes santiguáronse a modo de protección ante una posible invocación maléfica. De pronto calló. Mordiose el labio inferior y de él parecíale brotar negra brea en lugar de sangre. Escupió este humor sobre la frente del niño. Este miróla sorprendido. Sus ropas desplomáronse al suelo y su cuerpo disolviose en semillas voladoras, parecidas a las del diente de león pero del tamaño de manzanas, en el preciso instante en el que Suga arrojaba su antrocha al montículo.

 Las semillas dispersaronse entre los presentes, bailando en la brisa de las fogatas. Una cayó a los pies del Arzobispo. Al tocar el suelo, convirtióse al instante en una monstruosa enredadera negra de retorcidos tallos. Estos tenían el grosor del tronco de un pino, con rectas púas y filosas púas como el brazo de un hombre, y crecían entrelazándose como serpientes en primavera. Una de ellas atravesole con sus púas el hombro Fernando de Valdés y levantolo varios metros del suelo.  Mejor suerte en la muerta sufrió el Abad, a quien uno de esos tallos atravesole el corazón y lo mató al instante.

 No así fue el destino de Suga, a quien dos retorcidos tallos aprisionaron y viose su mandíbula atravesada por la planta. Murió gritando de dolor durante horas, ya que su cabeza inmovilizada y hacia el suelo inclinada no permitiole siquiera ahogarse con su propia sangre.

 Donde encontraban el suelo, cada una de esas semillas mutaba en una mostruosa planta similar que no dejaba de crecer y que mataba a todos los que encontraba a su paso. Los monjes con sus túnicas parecían frutos marrones y carmesí naciendo de las espinas.

 En vano los soldados del Arzobispo intentaban cortarlas con sus espadas, logrando solo mellar los filos. Su dureza era similar a la del mármol.

 Contaron los pocos que lograron huir y tuvieron tiempo de voltear a observarlos, que Adriano y Aryana solo dedicáronse a mirarse entre ellos con los ojos de dos jóvenes enamorados y una sonrisa en sus labios.  Que ardieron rápidamente con un fuego verde y fantasmal, que con hambre fue devorando toda la abadía y que ardió durante setenta y cinco días.

 Cuentan algunos juglares que una de las semillas voló a través del bosque cayendo a los pies del soldado desertor Roland cuando encontrabase ya a varias leguas de distancia calentándose al lado de una fogata. Cuentan que de ella surgió Lorenzo, a quien vistió, protegió y llevó hasta las personas del bosque, donde fueron acogidos y con quienes vivieron hasta el final de sus días.

 Otros dicen que esa semilla convirtiose en el gigantesco y legendario sauce hueco que sirve de catedral a los paganos y que el Santo Oficio jamás ha sido capaz de encontrar.

 Lo único que puedo dar por cierto habiendo sido testigo, es que hasta el día de hoy, en las arboledas de Toscana, las personas de los bosques dejan al pie de ciertos arboles un recordatorio de esta historia. Y que este consiste en pequeños altares con dos ramitas de ciprés carbonizadas y una flor de diente de león atadas con un pañuelo marrón.


jueves, 15 de octubre de 2020

Sortilegio

 



 Mi nombre es Julián Grigore. A quien corresponda, dejo esta grabación a modo de prueba fehaciente de mi voluntad plena ante la posibilidad de que decida, dentro de muy poco, acabar con mi vida. No puedo dar fe, sin en embargo, de conservar todavía el pleno uso de mis facultades.

 Si de algo vale, invoco a la caridad humana de los responsables de la discográfica que me representa y les solicito firmemente un acto de honor. Este es, la eliminación de mi último trabajo de todas las plataformas a las cuales ha sido subido y la entrega de todos los derechos del mismo a mi abogado, a quien le han sido adjudicadas obligaciones legales al respecto. A cambio, y a modo de compensación, este los hará beneficiados de la totalidad de mi herencia, tanto en dinero invertido en bancos, acciones de bolsa y derechos del resto de mi obra.
 Pido disculpas si me extiendo, intento narrar los hechos que he vivido de la manera más concisa posible.
 Todos saben que hasta hace un año atrás, si bien gozaba de una relativa fama internacional para el público afín a mi género musical, contrastado al día de hoy era tan reconocido como profunda es la tapa de un frasco comparada con la fosa de las Marianas. También es de conocimiento público que no he dado ninguna entrevista hasta el momento y no he aparecido voluntariamente en cámara desde entonces. Pues bien, quiero dejar constancia de absolutamente todo lo necesario para que quien deseé, pueda comprender las decisiones que tomé y las que pueda llegar a tomar.
 Quiero dar respuestas a las incógnitas que surgieron con respecto a mi grupo, mas no daré detalles personales. Todavía los considero buenas personas. Éramos un excelente equipo, un ejército con tácticas creativas muy eficientes a la hora de componer. Al contrario de lo que ellos puedan haber dicho, siempre nos comportamos como una mesa redonda y mas allá de cualquier roce entre miembros, la banda estaba primero. Además, el hecho de que se llamara” Grigori” se dio sólo porque buscábamos una palabra original y mi apellido era el mas exótico de entre los miembros. Nada más. Además, confieso que la idea no fue mía.
 Nunca terminaron de perdonar mi deseo de explorar un proyecto personal. Lo sintieron como una traición y mi hambre de crear algo nuevo y diferente se antepuso a cualquier impulso de dar explicaciones.
 Hablé de mis intenciones con mi representante, Alicia Silverman, y como siempre apoyó mi decisión.
 Comencé probando grabar en mi casa, en estudios prestados y pagos. Algunos de ellos histórico, conocidísimos en el ambiente y (por supuesto) carísimos. Grabé en cinta y en digital. Borracho, drogado y sobrio. Pero me sentía completamente desorientado, como un aborigen del Amazonas teletransportado a la mitad de la tundra siberiana. El hambre creativa que me inundaba no se correspondía con los resultados. Me encontraba arrastrándome en una ciénaga de sonidos, ritmos y acordes superfluos y carentes de toda creatividad. Todo me parecía haberlo escuchado o que no mereciera hacerlo. Llegué al punto de despreciar toda mi obra. Tomé la valiente decisión de huir.
 El azar quiso que me topara con la cabaña donde me encuentro en una página inmobiliaria que encontró Alicia. Me sorprendió que estuviese ubicada a pocos kilómetros del camping donde vacacionaba con mi padre en la montaña. Mi imaginación se inundó de recuerdos de pesca con mosca, el olor del protector solar y el repelente de insectos, de la leña de la fogata, el tabaco que fumaba mi padre, las latas de conserva calentadas en el fuego… Como todo artista sabe, la conexión afectiva es el mejor abono para cualquier tipo de creación. No la había buscado conscientemente, pero no la iba a desaprovechar.
 La compré sin siquiera verla en persona. La misma agencia que me la vendió me consiguió un casero. Averigüé por un contacto que conservaba desde mi infancia, uno de esos amigos estacionales que uno se cruza pocas semanas al año para volver a ser un desconocido el resto del mismo y daba la casualidad que todavía seguía viviendo allí, por los técnicos en instalación de sonido más cercanos y los envié a que prepararan en el lugar un cuarto de grabación a mi gusto. Debo decir por lo que me encontré cuando lo vi en persona, estos profesionales trabajaron como duendes construyendo sin vernos a la cara exactamente lo que tenía en mente.
 Mientras esperaba a que terminaran los preparativos, me dediqué a empacar una selección variada de instrumentos y a buscar provisiones para el viaje. Esto es, cualquier alucinógeno conocido por la especie humana y traído desde cualquier esquina del mundo. Hachis de Turquía del color de azafrán, heroína vietnamita suave y blanca como un gazapo, cocaína dulcísima y suave, DMT en polvo sintetizado de ayahuasca, peyotes de variedad caespitosa azul criadas en condiciones especialísimas en interior y hongos de todo tipo.
 Cualquier persona que me haya conocido medianamente bien sabe que no soy un yonqui. Nada en el mundo me todo más enserio que drogarme, nunca me he enganchado con nada y siempre lo hice persiguiendo un fin creativo en particular. Un artista destruido por las drogas genera en mi la misma repulsión que un chef debe experimentar viendo a alguien atragantándose con los ingredientes mas caros, refinados y exquisitos.
 Cuando estaba por partir me detuve a buscar una caja de púas de guitarra en el cajón de mi mesa de luz. Debajo de ella vi el libro. Lo levanté, sentí su enorme peso y su olor a humedad al cuero de su cubierta nunca se habían ido del todo. Lo había encontrado en mi adolescencia en un fondo falso del ropero de mi abuela, la bunica Anca, cuando ella falleció y fui a su casa a juntar sus pertenencias. Era un manuscrito muy antiguo que a lo largo de sus páginas se podían encontrar imágenes abstractas y figuras geométricas superpuestas en patrones extrañísimos. Estaba escrito en un alfabeto o jeroglífico que ningún traductor al que se lo he mostrado ha podido descifrar.
 Rechacé la oferta de algunas sumas importantes por conservarlo conmigo y me negué celosamente a prestarlo para realizarle copias. Seguramente, según lo poco que me he logrado informar, fuese un grimorio antiguo lo cual no dejó de sorprenderme. Mi abuela se mantuvo siempre en las antípodas del estereotipo de la vieja rumana supersticiosa y mas de una vez la oí burlarse de sus amigas cuando adornaban sus casas con flores de ajo, escupían al suelo luego de oír ciertas palabras o rociaban las paredes de sus casas con agua bendita en algunas fechas del año en particular.
 Decidí llevarlo también a pesar de sumar un peso enorme y posiblemente innecesario. Un poco por nostalgia, un poco porque recordé haber usado una de sus imágenes como la tapa del disco que me abrió la posibilidad de dar mi primera gira internacional. Tal vez me traería suerte, pensé.
 Llegué a la cabaña y con el correr de los días descubrí que mi bloque seguía igual que antes, con el terrible agravante de estar quedándome sin opciones. Experimenté con toda combinación posibles de drogas, intercalé ayunos con excesos, medité durante días, caminé por las montañas, dormí a la intemperie. Nada. Me era imposible alcanzar el estado mental preciso para componer algo medianamente decente. Algo trascendental. Algo que no me pareciera una mierda.
 El día en el que mi vida aceleró su marcha hacia el barranco tuvo la creativa idea de cubrirse de nubes y disfrazarse de noche. Desde la ventana, se veían las luces nocturnas de la ruta cercana despertándose confundidas. A modo de preludio de un violento relámpago, un ejército de granizo comenzó a arremeter contra el techo de la cabaña. No me preocupé por un eventual corte de luz, todas las noches me cercioraba de que el generador tuviese combustible y funcionara correctamente.
 Hacía una semana que no comía y tres días que no dormía. Los restos de voluntad que aún conservaba sobraron para acabar la botella de Jameson y juntar los restos de drogas varias que me quedaban. Me encontré con el problema de que la pipa de vidrio estaba rota. No recordaba haberla roto. Tampoco haberme acabado mi provisión de papeles para fumar. Busqué alguna alternativa por toda la cabaña y tardé mas de una hora en encontrarla. El libro de mi abuela estaba abierto en la hoja en blanco que continuaba a su tapa frontal. Siempre me sorprendió que un libro antiguo tuviese una página de cortesía. En otro momento lo hubiese creído un sacrilegio hacia el recuerdo de mi buni, pero en ese instante no me pareció grave arrancarla. Cuando lo hice, a contraluz pude observar que llevaba grabada una marca de agua. Era una mano de diez dedos con cinco ojos en su palma y un texto escrito en el mismo críptico idioma del libro que lo circundaba. No entiendo cómo no le di mayor importancia.
 Armé un cigarro con las sobras y cenizas que quedaban. Vayan a saber los dioses cuales estupefacientes y en cuanta proporción contenía. Lo prendí con la hornalla de la cocina. El humo sabía a una mezcla de huevos podridos, cobre y hiel, pero insistí en contener el humo en mis pulmones sosteniendo la tos y la arcada. No demoré mucho en embarcarme en el viaje. Me hundí en un océano de percepciones. Sentía que me movía con esfuerzo a través de gelatina y que mi piel no me pertenecía. Cada color que me rodeaba cobraba el sentido de una nota musical. Corrí hacia el estudio con miedo de perder a cada segundo la intensidad de la experiencia y tomé la guitarra. Comencé a tocarla y me aseguré de ver la luz roja de la consola, la cual indicaba que estaba encendida y grabando. Era una acción a la que mi instinto estaba acostumbrado a realizar durante cada experiencia lisérgica, debido a un ensayo alucinante que se perdió en el olvido por culpa de un descuido.
 Surgió de las cuerdas una base simple pero original, el caldo de cultivo para una narración musical, muchísimo más de lo que podía decir de todo lo que había logrado desde que empecé a experimentar como solista. Por fin empezaba a demostrar cuanto valía por mí mismo. Un cosquilleo comenzó a molestarme en la mano. La miré y observé como sobre ella se posaba la criatura más horrible y fascinante que vi en mi vida. Parecía formada por dos calamares siameses unidos por el culo, de tonos grises azulados y una hilera de ojos minúsculos rodeaba la parte central de su cuerpo. Los tentáculos de un extremo se aferraban fuertemente del mástil de la guitarra y los demás se abrazaban a mis dedos. En ese instante comprendí toda escultura y pintura de éxtasis religiosos que había visto en mi vida. Me encontraba conectado a una realidad oculta a los mortales y yo era el instrumento con el que narraban su existencia para darla conocer a nuestro universo.
 En medio de ese trance una apertura diminuta en el cuerpo de la criatura comenzó a dilatarse y terminó expulsando una masa informe latente y blanquecina que se adivinaba húmeda y fría al tacto. Esta cayó al suelo y estiró diez patas que, para mi sorpresa, la propulsaron por medio de ágiles saltos. Su errático recorrido terminó con una extraña pirueta que la llevo a estrellarse contra la pared acolchada del estudio. En el preciso lugar donde lo hizo, comenzó a abrirse en una rasgadura que dejaba entrever una luminosidad multicolor hipnótica… similar a la que forma el detergente flotando en el agua.
 No sé cómo, pero ahora sabía que necesitaba seguir buscando la forma de extender esa apertura con la melodía. Ese era el fin que necesitaba perseguir para encontrar lo que buscaba hacía meses. En ese instante mi instinto me gritaba como lograrlo. Solté la guitarra y el pseudocefalópodo abrazado a mi muñeca hizo lo mismo. Sin dejar de oír los acordes de la Gibson de una manera demasiado nítida para ser imaginada, intercalé sonidos de bajo, de batería, teclado y volví la guitarra…mi elemento, mi voz más personal. Descubrí que podía mover los apéndices de la criatura con la misma facilidad que lo hacía con mis dedos, logrando sonidos imposibles para cualquier ser pentadáctilo. Con cada cambio de instrumento sumaba sonidos irrepetibles, la apertura en la pared se abría más, la felicidad inundaba mi cuerpo y sentía como los tentáculos ingresaban mas y mas dentro de mis venas.
 En el punto mas álgido los vi. Esperaban detrás de la grieta en mi pared. Debían de medir cinco metros, parecían medusas que intentaban parecerse a elefantes, de un tono rosa violáceo general, una torre de umbrelas superpuestas donde debía ubicarse una cabeza, miles de ojos verdes que se transparentaban dentro de las mismas y patas gelatinosas azules, gruesas como árboles y casi levitando a un milímetro del suelo.
 Sin dejar de tocar los observé un momento fascinado. Luego atónito. Luego con reparos. Al final con un horror profundo, instintivo y primigenio. Levantaron a la vez varias de sus patas y lanzaron al unísono el chillido mas horrible que nadie debe haber escuchado jamás. Caí al suelo retorciéndome de dolor: una migraña punzante se acompañaba de violentos vómitos y sentía el corazón empalado por carámbanos. Pude ver entre lágrimas como se acercaban e intentaban pasar por la puerta que les había creado.
 Debía evitarlo a como fuera. Miré a la criatura de mi mano y la arranqué con todas mis fuerzas, estirando los apéndices que desgarraban la carne que habían penetrado. La aplasté dentro de mi puño. Tripas y sangre azuladas chorrearon por mi brazo. El canto de los gigantes se hizo aún más terrible por un instante. Y se silenció.
 El resto de esa noche no lo recuerdo. Solo sé que fue Alicia quien me despertó al día siguiente. Me encontró confundido, cuando me preguntó si había conseguido lo que buscaba no supe que responderle. Se preocupó por mi al no contestar sus llamadas y condujo por horas para llegar a la cabaña. Se enteró del caos meteorológico que sufrió la zona donde me encontraba. Recién ahí me enteré que muy cerca de donde estábamos, un tornado había decidido descargar su furia. Me preparó café, me obligó a comer un sándwich que traía en con ella, me dio el sermón materno al que ya me tenía acostumbrado y me obligó a tomarme unas vacaciones, lo cual en su idioma quería decir que me desintoxicara. Alicia: entre todas las cosas que te debo se incluyen muchas disculpas…
 Como todo parecía un sueño lejano y durante unos días no estuve seguro de lo que realmente había sucedido, le entregué todos los archivos y cintas. Le indiqué que se lo entregara a mis productores sin mucha esperanza de que les interesara algo. El error más grave lo cometí inocentemente.
 Estando en una playa de Costa Rica, descubrí a través de una llamada por parte de la discográfica que mi última grabación era un éxito total encabezando todas las listas de reproducciones del mundo. Imaginen mi sorpresa. No podía creer que alguien estuviera obsesionado con alguna porquería que había grabado en esa cabaña. O que mis productores siquiera se hubiesen molestando en editarla. Mucho menos en poco más de una semana. Mucho menos como una obra única de cincuenta y cuatro minutos.
 La pudo escuchar recién llegando a mi hotel. Caí al suelo de rodillas al instante. Todas las imágenes de lo vivido aquella noche se reconstruyeron en mi mente a los pocos segundos de reproducción. Me arranqué los auriculares de los oídos y los arrojé a la basura. El sonido asqueroso de esas criaturas y el malestar físico que lo acompañaba me atacaron con furia de nuevo esa noche. Estoy seguro que las confundí y pude perderlas por un tiempo al cerrar la puerta que yo mismo les había creado. Pero reproducir esa música de nuevo en mis oídos puso un GPS en mi cabeza. Me necesitan para volver. Y para colmo, alguien bautizó al tema como “Bienvenidos”, debido a la única palabra que se escucha de mi boca durante su grabación.
 El resto ya todos lo saben. Surgieron cientos de bandas inspiradas en el estilo que según ellos inauguré ese día, el cual algún creativo llamó “metal cósmico”. Miles, y algunos dicen que millones, de imbéciles en el mundo realmente me consideran un mesías. Todas mis viviendas, excepto esta, son vigiladas las veinticuatro horas del día por fanáticos, paparazis y personas con contratos para firmarles. Frente a todo esto, desaparecí del mundo. En cuanto al libro, decidí enterrarlo en la cueva más inexpugnable que pude encontrar. Evité la tentación de quemarlo, ya que habiendo el humo de una hoja en blanco producido tal reacción en mí, quien sabe que males desataría en el mundo el vaho de miles de palabras malditas transportado por el viento.
 El dolor me ataca cada vez mas seguido, sobre todo por las noches. Cuando lo hace, los escucho tan claramente como el primer día. Hice la promesa de suicidarme en el plazo de un año si sus gritos no dejaban de atormentarme por lo menos durante un día entero.
 El plazo termina hoy.
 Falta poco para la medianoche.
 Tengo una botella de whisky en una mano y un treinta y ocho milímetros en la otra.
 Miro fijamente el reloj de péndulo en la pared.
 Y me duele un poco la cabeza.  
 

 
  
  

miércoles, 15 de julio de 2020

Denisovia

 Los odiaba desde lo mas profundo de sus entrañas. Y sentía frío.
 Obtusos, imbécilmente felices, de frentes prominentes, de miradas planas e incapaces de comprender la pregunta mas simple. No contaban mas allá de lo que podían con una mano. Ignoraban también cualquier parentesco mas allá del de las madres con sus hijos y casi parecían confundir el concepto de ayer con el de mañana viviendo constantemente un agobiante presente. 
 Por otra parte, la apoteósica cantidad de títulos lingüísticos que el extranjero ostentaba y le posicionaban como el mayor experto del mundo (lo cual fue el motivo de que le asignaran la misión) poco le servía para interpretar los pesadillescos chillidos al que llamaban idioma.
 Una de las pocas palabra que comprendía era el estúpido nombre con el que lo bautizaron: "Grumm". Durante una tormenta que los aterraba cual animales, descubrió que era la onomatopeya del trueno. Dedujo que comparada con sus espantosas voces, equiparables al barrido de un cerdo empeñándose en emitir sonidos humanos, la suya les parecería potente y grave. En su estúpida simpleza, los secretos de su idioma le parecían infranqueables.
 De todos, a la que mas detestaba era a la niña que suponía huérfana y lo seguía a donde fuera. Por culpa suya durante el año que se encontró varado entre ellos no consiguió un solo momento a solas. Defecar y comer siempre en compañía de esa sonrisa imbécil y esos ojos hundidos entre una maraña ingobernable y apestosa de cabellos leonados y piojosos convirtió su vida en un infierno.
 El error cometido para llegar a esta situación fue ínfimo, pero se precipitó en una catástrofe personal. Y la incomunicación con la tribu le hacía imposible encontrar las indicaciones para volver.
 Esa mañana volvió a sonreír luego de creer durante meses haber olvidado como hacerlo. E increíblemente permitió que esa risa floreciera en una carcajada. Ni siquiera la insufrible imitación casi burlona de la niña logró hacer mella en su ánimo. Todo debido a haber encontrado sobre una piedra a la orilla del río un simple collar de piedras y huesos. No podría haberla fabricado ningún miembro de la tribu con la que a duras penas convivía y sabía muy bien que no quedaba ningún asentamiento en kilómetros a la redonda.
 Por fin habían llegado aquellos a quienes tanto tiempo esperó. Aquellos capaces de indicarle el camino a casa. Podrían haber llegado años o décadas mas tarde. Podrían haber llegado cuando no quedaran mas que sus huesos. Tal vez, sin saberlo, había tenido suerte después de todo.
 Arrastró su cojera por el camino marcado por las huellas de la nieve estancada desde la noche anterior y seguido como siempre por la chiquilla, la cual ya había aprendido hacía mucho que gritarle no aminoraría su paso. 
 Su corazón parecía rebotar entre su esternón y su columna. Repasaba en su mente el plan que había ensayado miles de veces en su cabeza para tal situación. Cuando los encontrara enseñaría sus manos alzadas, con la mirada levemente hacia abajo y sonreiría sin mostrar los dientes pronunciando enérgica pero alegremente combinaciones consonantes a la vocal "a" hasta descubrir alguna remota raíz semántica que le permitiera entablar un diálogo.
 Enseguida averiguaría si por casualidad se hubieran cruzado durante su camino el pasaje de vuelta que buscaba. Recordarían perfectamente la ubicación y habrían adornado su memoria de especulaciones supersticiosas.
 El conducto temporal , si bien era prácticamente invisible (a no ser por la retractación de la luz circundante) se habría rodeado a esa fecha de millones de partículas incandescentes debido a la leve atracción gravitatoria que le circundaba. Siendo muy pesimista, sería para ellos extraordinariamente llamativo.
 Sabía que estaría ubicado a una altura mayor a la prevista al inicio de su viaje pero no lo suficiente para no verlo desde el suelo. Caso contrario, no estaría vivo. Cayó por él al llegar y el golpe contra las rocas lo dejó inconsciente y con una pierna rota. Sus odiados huéspedes lo habían alejado del sitio, dejando detrás todos sus dispositivos y herramientas y sin poder o querer guiarlo de vuelta. Tampoco le entablillaron la tibia, la cual se soldó irremediablemente torcida. 
 Pensaba en estos nuevos visitantes y en cómo con una simple explicación lograría la ayuda necesaria para volver al instante exacto que había abandonado hacía ya un año, a milenios de distancia de este desolado infierno.
 Los pudo observar de lejos. Contuvo la respiración al ver las chozas móviles de pieles, diferentes en todo aspecto a las frías cuevas oportunistas y aleatorias que habitó durante meses. 
Un niño abandonó los juegos para observarlo cuando levantó sus manos, gritándole algo que sonó similar a la lengua inuit a los adultos que se asomaban de las chozas. 
 Abandonó su estrategia al instante y agitó sus brazos con emoción. Las lágrimas rodaban por su rostro y salían despedidas por la carcajada que pronunciaba su boca. Pero la respuesta fue una lanza que se clavó cual colmillo de serpiente en su cuello.
 En el suelo, mudo por la sorpresa mas que por un dolor que parecía no tener ningún apuro en llegar, sostenía la punta de piedra de la que se escurría su vida hacia una charca roja sobre la nieve.
 Detuvo su mirada en quien lo había atacado y comprendió lo sucedido. Jamás hubiese obtenido otro recibimiento. Los cromagnones iban vestidos con tejidos. Las pieles que él usaba, los cabellos y barbas descuidados lo hacían a sus ojos indistinguible de los neardenthales con los que convivió. 
  "Grumm...Grumm" susurraba una voz chillona y solloza. Por sobre su cabeza pudo ver a la niña a pocos metros. Un último deseo de contacto humano le impulsó a apuntar una mano en su dirección y sonreirle mirándola boca abajo. La niña estiró su bracito. Pero la lanza que atravesó el rubio cabello de su sien no iba acompañada de la lenta agonía que ante él se desplegaba. Cayó al instante de costado con los ojos todavía húmedos y completamente abiertos. Mientras, los suyos se cerraban de a poco y para siempre. Su conciencia se extinguía lentamente. Y sentía frío.

viernes, 29 de abril de 2011

Ensayo 1

No necesito de un dios para ver y justificar la belleza del mundo.
No necesito rezar para ayudarme a lograr mis objetivos.
No necesito de un alma para aceptar mi muerte y disfrutar mi vida.
No necesito de un cielo para vivir intentando ganarmelo.
No necesito el infierno para negarme a comportarme como si lo mereciera.
No necesito de mandamientos y tabues para saber que esta bien y que esta mal.
No necesito de santos para encontrar ejemplos.
No necesito de libros sagrados para encontrar respuestas.
No necesito de culpa para realizar sacrificios.
No necesito religión pára encontrar mi paz interior.

jueves, 25 de marzo de 2010

Oidicius

Las gotas de sangre ascendian como babosas por el empapelado floreado. Nacían en hileras reptantes desde el sócalo de madera en el que se escondían, para unirse a la gran mancha carmesí de la pared...que cobraba una consistencia mas y mas líquida.
El aire viciado de un olor ácido y oxidado se depuraba poco a poco, las moscas disminuyeron en número y los gusanos del orificio en mi cabeza se encogieron hasta desaparecer en huevos. Mi cuerpo inerte fue cobrando color.
Levanté instintivamente mi brazo derecho con el arma en mano, apunté a l orificio de mi cabeza y apreté el gatillo.
La bala salío proyectada hacia mi cabeza desde la pared, arrastrando consigo la mancha. Los trozos de mi cráneo volvieron a su lugar y el proyectil me atravesó cerrando su paso hasta terminar en la recámara del revolver.
Aparté el arma de mi sien y la solté como si estuviera ardiendo. Abri los ojos nuevamente y sequé mis lágrimas. La carta que yacía en mis pies careció de sentido. Fue lo unico que no recobró sentido para mi.

martes, 23 de marzo de 2010

Estandarte

Romperemos los moldes, nunca nos podrán copiar. Las estrellas lloraran furiosas nuestras muertes... se narraran dos mil veces nuestras vidas en relatos poco fiables.
Olvidaremos las pequeñas bondades de los dioses, nos vengaremos de sus traiciones, de sus juegos con la humanidad.
Somos los hijos no deseados de La Tierra. Somos los últimos herederos de la furia de Caín. Superemos el dolor lacerante de cada inspiración con un resoplido violento. Gritaremos hacia el cielo, desnudos bajo una lluvia helada y crearemos fuego con nuestras miradas.
No nos compararemos con el pasado ni proyectaremos futuros utópicos. Transformaremos el presente en un instante eterno. Los árboles y las montañas contemplaran esto por vez primera.
Nuestra gloria será irrepetible. Porque romperemos los moldes.

viernes, 19 de marzo de 2010

El Insomnio

Estado vegetativo entre la realidad y el surrealismo. Lenta agonía de la conciencia, amarga soledad de quien estando cansado, no encuentra consuelo siquiera en su almohada.
Horas perdidas mirando un punto imaginario y borroso en un techo invisible, siempre presente a una distancia indefinida por las oscuridad.
Pensamientos vagos, ideas incongruentes, imágenes caóticas que forman secuencias alucinógenas sobre nuestros ojos o se proyectan debajo de los parpados.
Surgimiento continuo de falsas necesidades: falsa sed, falsa hambre....todo por no poder cumplir con el sueño que demandan el cuerpo, la mente y el espíritu.
Agotamiento extremo, dolor punzante mientras que por la ventana se asoman los primeros rayos de un sol frío y acosador.